Hay un cierto tipo de silencio que anida violencia.
Es un silencio que borra la verdad del otro.
Es un silencio que pasa por la mirada, que se hereda de padres a hijos, a nietos, y de sus hijos y de sus padres.
Es un silencio que garantiza el paso del trauma entre generaciones.
Las escenas de profunda violencia, las escenas traumáticas, son transmitidas de manera inconsciente por los sobrevivientes. Sobretodo las escenas que nunca han encontrado palabras. Las escenas de violencia secreta. Las que se piensan más privadas. Esas son en realidad las menos ocultas. Son momentos de dolor que quedan inscritas en la mente de los niños, y que quedan inscritas de un modo perturbador, porque no se trata de un dolor que ni el niño, ni los padres, puedan sanar con palabras, pero que no por eso, dejan de existir.
El trauma vivido en forma directa por los padres se transforma en una realidad traumática, sensible, pero incomprensible, para la siguiente generación. Y los niños acaban haciéndose cargo, muchas veces de los aspectos trágicos de la infancia de los padres. Porque solo un adulto que quedó expuesto a tragedias de infancia es capaz de revivir, -sin saberlo-, cientos de veces escenas de verdadera violencia.
Un padre o una madre que están atravesados por duelos en suspenso, llenos de sensaciones de vacío y de medias muertes ¿pueden de alguna manera proteger a sus hijos de sus propias angustias?
El papel de los padres consiste, en principio, en mitigar esos temores, en darles sentido.
Pero si ni el padre, ni la madre pueden recibir, ni transformar la angustia que sudan, la angustia que callan, la angustia que revientan… el niño, a causa de su propia angustia queda despojada de significado y se queda atrapada dentro del niño con un “terror sin nombre”.
Los síntomas más graves que aparecen en los niños, son en realidad un eco de lo no dicho de sus padres. Incluso del dolor de sus abuelos. Pero del dolor en silencio.
Mientras que un abuelo, un padre o un niño llore y grite, conserva la esperanza de que lo escuchen y de volver a encontrar lo que ha perdido. Pero cuando esa esperanza se desvanece, la abuela, la madre y la niña entran en un mundo interno de desolación.
Por el contrario, las palabras, -las palabras de verdad-, casi como si fueran una manta de protección, como un osito de peluche, representan la continuidad. Salvan del millón de rupturas. Las palabras nos regresan al mundo y nos dan seguridad, como una melodía o un olor, un apoyo vital. Las palabras se convierten en un símbolo de amor primario, y si se logran conservar dentro, ayudan a cuidar y preservar el mundo interno. Como el tesoro de poder conservar dentro, los aspectos de vida de unos padres vivos. No de sus aspectos desolados aunque caminen entre los vivos.
Sobrevivir en una situación traumática requiere que la persona encuentre en su interior un espacio que pueda llenar con palabras que lo protejan del vacío de la violencia de lo que no se habla. Pero que sí se escucha.
Sabina Alazraki
Psicoterapia Psicoanalíticasabinaalazraki@psics.net
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